Fundación de la Merced para la Prevención de la Violencia y la Integración Social (FUNDAMER)

 

MISA EN EL CENTRO PENITENCIARIO


Homilía pronunciada por Cardenal Julio Terrazas Sandoval, Legado del Santo Padre Juan Pablo II, durante la Eucaristía en el Centro Penitenciario (2 de setiembre de 2004)



Amadísimos y queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la Iglesia en Argentina y, de manera especial, todos los que nos hemos congregado en Corrientes, vamos a escuchar esta palabra que ha sido anunciada aquí en este lugar, lugar donde las respuestas pueden ser más claras, más contundentes y más desafiantes para mucha gente que piensa que la reconciliación no toca todas las vidas. Hay mucha soberbia espiritual en muchos grupos, que piensan que el llamado de Dios a cambiar, a reconciliarse, a  reconocer que hemos pecado, no es para ellos. Hoy la Palabra de Dios es lanzada a toda la comunidad.

Quiero agradecer a la pastoral carcelaria y a todos los hermanos y hermanas que están aquí, que nos permiten escuchar con mayor atención esta preocupación de nuestro Dios, este deseo de nuestra Dios que quiere llegar a todo corazón humano para que entienda que actitudes de soberbia, condena no son las que dejan penetrar el mensaje de vida, de salvación de nuestro Dios.

El escenario en el que habló el Señor de repente se vuelve a repetir en nuestros ambientes hoy. Todos se acercan a Jesús para escucharlo, pero hay unos que realmente quieren saber qué es lo que piensa, y otro están solamente allí buscando alguna palabra, alguna actitud, algún ejemplo que no comparten ellos y que van a utilizar como pretexto, para poder después condenarlo.

Y al verlo al Señor así en medio de la gente humilde, sencilla y de los pecadores, al verlo allí todos se escandalizan y dicen: “Si Él fuera realmente alguien que entiende, que comprende, que sabe qué es lo hay en el corazón de cada uno no estaría con los pecadores. Y Jesús responde con esa parábola tan hermosa, la parábola del padre lleno de misericordia, la parábola del Hijo que sabe que fuera de la casa del Padre no encuentra nunca la felicidad. Y por eso se da esa oportunidad de volver y hacer que su Padre le muestre todo el cariño que tiene, la grandeza de su corazón, su capacidad de olvidar cualquier ofensa y hacer una fiesta, con lo mejor, e invitar a todos para que puedan compartir estos momentos de gozo y alegría. Aun esa fiesta va a servir para que todos aquellos que no creen en su bondad se asusten y se escandalicen y lo condenen, que es la actitud del hijo mayor: “Por qué este le da tantas cosas y por qué no me da a mí que estoy constantemente portándome bien.

Ahí está lo que la Palabra del Señor nos dice. Y es que este Padre no nos condena, este Padre está esperando que demos el paso, que nos desprendamos de aquello que nos amarra al mal, de aquello que a veces es nuestro alimento que sigue reconstruyendo todas las estructuras de pecado, de maldad que han inventado los hombres.

Todos los que nos preocupamos de este grave problema que sale de la situación de nuestros centro penitenciarios sabemos que este Señor así presentado, así como ÉL quiere ser recibido es capaz de transformar, es capaz de cambiar. Lo intentarán quienes administran justicia, quienes buscan la seguridad porque el Estado les ha pedido eso, lo intentarán quienes piensan en remodelar todos los centros carcelarios, pero en realidad quien cambia el corazón, quien llega a hacer que ese corazón de piedra salga y dé paso al corazón de carne que Dios quiere en cada uno de nosotros es solamente Él.

La transformación del corazón, esa ha sido siempre la actitud de nuestro Padre, ya el Profeta Ezequiel lo recordaba, tienen que dar paso a que el Señor arranque el corazón de piedra y les coloque un corazón de carne, les infunda el espíritu de vida, les haga realmente criaturas que sean su imagen y su semejanza, criaturas que reconozcan que el Señor no está contento cuando no somos capaces de dejarnos transformar por Él.

Esto que en la parábola del Padre Misericordioso es tan clara, ya venía dicho y preparado por los profetas, males vienen y si no vienen por sí solos los inventan, y los inventan quienes quieren tener gente mala para arrinconarla, quienes quieren tener por sus estructuras a muchísima gente marginada en algún pecado, en alguna caída para liberarse quizá de futuros males, por eso es que siempre la Palabra del Señor ha sido clara.

Quien está en una falta necesita ciertamente que el Señor le cambie el corazón, pero quienes no creen tener falta y se creen perfectos y tienen siempre la tendencia a condenar también están llamados a dejarse cambiar el corazón, porque un corazón que no tiene misericordia,º que no tiene compasión, que no es capaz de sensibilizarse ante el dolor por la caída de los hermanos es un corazón de piedra que va a ir inventando un montón de razones para estructurar su poder, su potencia y ser nuevamente instrumentos de nuevas esclavitudes y de nuevos males.

La Palabra del señor dicha desde aquí tiene que llevarnos a que la reconciliación no sea una palabra bonita dicha, el cambio de un pueblo que cree en el Señor de la Vida, que ama al Señor con un amor concreto y palpable, un amor que sea servicio y que nos lleve a inclinarnos ante el hermano caído para extenderle nuestra mano y levantarlo, esa es la reconciliación.

Aquí el Señor está hablando y está lanzando esta palabra convocándonos a todos para que nos demos cuenta que ya hemos muerto al pecado, que ya no somos cadáveres. Si el Señor ha muerto también nosotros hemos muerto al pecado. Entonces hay que dejar que el germen de vida que Él nos ha traído con la resurrección se exprese con mayor claridad.

Un pueblo reconciliado no es un pueblo amargado porque le han descubierto una falta, es un pueblo en fiesta grande, porque la vida y la resurrección, la victoria han ingresado en el corazón de las personas y de los grupos, de las sociedades. Este es el momento en el que tenemos que ver a nuestra Iglesia en Argentina, reconciliada pero en fiesta porque la reconciliación no es imposición de la fuerza de uno contra el otro, sino la  aceptación de este Dios que nos quiere realmente libres, llenos de cariño y amor a todas las criaturas, porque todas las criaturas humanas son para Él su gloria y su alegría.

Hermanos y hermanas gracias por permitirnos escuchar al Señor hoy aquí esta mañana. Qué hermoso momento y qué hermoso desafío para nuestra Iglesia que quiere reconciliación, pero que ojalá esa reconciliación pase de ser un bonito deseo a un acto que lo vivamos para mejorar nuestra situación personal ciertamente, pero para mejorar también las estructuras donde vivimos, para mejorar la marcha de un país que debe dar beneficios a todos.

Que el Señor de la Vida, el Padre Misericordioso, ingrese hoy a este centro, que nos lleve a todos, comenzando por el Cardenal, a buscar el abrazo del Padre y a realizar la fiesta de la hermandad, de la vida, a invitar a todos a que compartan esto porque ese el sueño, el proyecto de nuestro Dios.

Quiero animar pues a todos los hermanos y hermanas de este centro penitenciario a acercarse más al Señor, a escucharlo con más atención, a decirle aquí estoy Señor, dónde voy a encontrar felicidad sino en tu casa, quiero volver a tu casa, volver a la casa del Padre es dejarse transformar por Él, dejarse revestir y festejar por él, porque en todo eso está la respuesta a las ansias del corazón humano.

No sé si están de acuerdo, pero creo que esta es la palabra que el Señor nos dirige hoy. Quiero agradecerles también por permitir que la palabra del Santo Padre, a través de su delegado sea una palabra de aliento, tal como Él lo dice, hay que animarlos, hay que hacerles sentir a todos que en la Eucaristía encontremos toda esta dimensión de verdadera justicia, solidaridad y libertad. Ánimo, el Señor Eucarístico los bendiga y que Nuestra Mamita, la Virgen también los acompañe siempre. AMÉN.

 

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